El sistema de justicia penal a examen

Creo que el valor de Presunto culpable es que presenta una cara ordinaria del sistema penal mexicano: es lo que sucede todos los días, no sólo lo que le sucedió a Antonio Zúñiga.

El presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, Edgar Elías Azar, y la Comisión de Ética del mismo tribunal han señalado que quieren darse a la tarea de revisar las 350 horas grabadas del juicio de Antonio Zúñiga de las que salió la película Presunto culpable. Ello lo hacen con el fin de asegurarse que la película no muestra una visión mañosa o equivocada del sistema de justicia penal mexicano. Utilizando una analogía, el presidente del TSJDF sugiere que Presunto culpable puede ser como una fotografía de alguien bostezando o parpadeando. Es decir, el ministerio público, el juez, la policía judicial tienen mejores caras que las que muestra la película.

Llevo más de 15 años estudiando ese sistema y no conozco una mejor cara. Es más, creo que el valor de Presunto culpable es que presenta una cara ordinaria del sistema penal mexicano: es lo que sucede todos los días, no sólo lo que le sucedió a Antonio Zúñiga. Una de las características del sistema de justicia mexicano es la enorme resistencia de los operadores del sistema a mirarse críticamente y a ver y entender los problemas de la institución. ¿Por qué la miopía? Quizá los experimentos psicológicos del profesor Stanley Milgram de la Universidad de Yale puedan ayudarnos a entender de qué está hecha la miopía de algunos jueces.

Hace ya casi medio siglo, a través de anuncios en el periódico, el profesor Milgram reclutaba voluntarios para una hora de experimento a cambio de 20 dólares. A los voluntarios se les decía que el experimento traba de entender el efecto del castigo en la memorización y el aprendizaje. Milgram fingía que había dos voluntarios: a uno le tocaba el rol de maestro y a otro el de alumno. Pero en realidad el que le hacía de alumno no era voluntario, trabajaba para Milgram.

El experimento consistía en que el alumno tenía que memorizar ciertas palabras y el maestro le aplicaba electroshocks cada vez que se equivocaba. Con cada error que cometía el alumno, el voluntario le tenía que incrementar el shock en 15 voltios. La máquina para aplicar los electroshocks clasificaba la intensidad de los shocks: de 15 a 60 “shock suave”, 375-420 “shock severo” y 435 a 450 volts “shock en extremo peligroso”. El papel del alumno era cometer errores. Evidentemente la máquina no daba electroshocks pero ello no lo sabía el voluntario. El alumno tenía que fingir que temía por su vida y comenzaba a gritar y agitarse. Cuando ello desconcertaba al voluntario, un técnico del laboratorio le decía con cierta autoridad: “el experimento requiere continuar”.

La pregunta que quería responder Milgram era qué porcentaje de voluntarios es- taba dispuesto a aplicarle electroshocks al alumno hasta el tope de la máquina, es decir, hasta los 450 voltios. Los hallazgos fueron sorprendentes en todos sentidos: 6 de cada 10 voluntarios llegaron hasta los 450 voltios, no hubo diferencias entre hombres y mujeres y los resultados fueron iguales en Estados Unidos, Holanda, España, Australia, Sudáfrica y Alemania. Ello quiere decir que 6 de cada 10 personas con las que nos topamos en la calle estarían dispuestas a electrocutarnos si hay un técnico de laboratorio, con cierta autoridad, que les ordena continuar. ¿Por qué? ¿Qué explica este patrón?

Una de las explicaciones más sugestivas a esta interrogante es la de la denominada teoría de la disonancia cognoscitiva. De acuerdo con esa teoría, dado que el voluntario está incrementando en 15 voltios el electroshock por cada error que comete el alumno, para llegar a los 450 voltios ha aplicado antes 29 electroshocks (comienza en 15 voltios el experimento). Por ello, el dilema que enfrenta no es si es o no ético aplicar 450 voltios al alumno. Ésa no es la pregunta. La pregunta que realmente está contestando el voluntario es si está bien, en términos éticos, aplicar 450 voltios a una persona después de haberle aplicado 435. La teoría de la disonancia cognoscitiva sugiere que el voluntario no puede evaluar como malo o equivocado aplicar el siguiente electroshock (450 voltios) porque hacerlo significaría aceptar que acaba de cometer un acto equivocado o malo (435 voltios). Para decirlo en forma simple, cuánto más repetimos una determinada conducta, menos capacidad tenemos de evaluarla críticamente.

Esta teoría de la disonancia cognoscitiva me parece que se puede aplicar espléndidamente a las resistencias al cambio de los operadores del sistema judicial. Los jueces, los ministerios públicos, los defensores pierden la capacidad de criticar y evaluar su desempeño pues llevan comportándose de determinada manera muchos años. Les es casi imposible ver las tremendas injusticias que la maquinaria produce todos los días.

Visto desde fuera no puedo más que pensar: ya basta de electroshocks de injusticias. Esa maquinaria tiene que parar. ¿Cómo? Busquemos a la minoría de jueces y ministerios públicos que, como en el experimento de Milgram, están dispuestos a mirar críticamente su trabajo y dejar de dar electroshocks a pesar de que los han dado por mucho tiempo.

Electroshocks, artículo de Ana Laura Magaloni, Reforma, 23 de abril de 2011.

Acerca de José Carbonell

Abogado y Politólogo. Master en Políticas Públicas, The Johns Hopkins University-UPF. Candidato a Doctor en Ciencias Políticas y Sociales (Universitat Pompeu Fabra). Candidato a Doctor en Economía Pública (UNED). Profesor de la Facultad de Derecho UNAM. Consultor.
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